De las reservas consolidadas en territorio mexicano, Isla Guadalupe, Baja California, guarda un toque muy especial, al ser uno de los pocos recintos donde todavía es posible ver, de cerca y en su espacio natural, al impresionante tiburón blanco.

Más allá del mítico asesino de mares, devorador de hombres y monstruo de las profundidades, este escualo es testimonio viviente de una era en la que la vida emergió del mar para dar lugar a los primeros reptiles, luego a los dinosaurios y finalmente a los mamíferos.

Lejos quedaron los días del megalodón, especie extinta de tiburón que era tres veces más grande que el actual rey de los mares; sin embargo, las enormes dimensiones los actuales tiburones blancos no dejan de sorprendernos, al alcanzar hasta seis metros de longitud.

Esa es la razón por la que Isla Guadalupe, además de ser una reserva protegida, es el lugar ideal para encontrarse cara a cara con este majestuoso tiburón, que contrastando con su imponente aspecto, resulta ser un tierno y curioso gigante del mar, según turistas y biólogos del lugar.

El director general de WWF México, Jorge Rickards, destacó que la importancia de este sitio mexicano es recordar que en el planeta quedan pocos lugares de conservación donde “tú puedes ver un depredador tope, como es el tiburón blanco, rodeado de una población sana de lobos y elefantes marinos”.

Durante un recorrido por Isla Guadalupe, el también presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural comentó que hoy en día, sólo el 25 % del planeta queda en un estado de poca alteración por el ser humano.

Tras un largo viaje de 22 horas desde el Puerto de Ensenada, las indicaciones son claras: “Está prohibido nadar y bucear sin las instrucciones de los responsables de la embarcación” y sólo se puede hacer dentro de una de las dos jaulas acondicionadas, ya sea para sumergirse a dos metros o para profundidades mayores a cinco metros.

La espera no es mucha, pues los tiburones blancos cuentan con seis sentidos que consisten en un gusto muy fino; un tacto muy sensible que le permite sentir vibraciones de peces nadando; y una visión aguda que le ayuda a ver desde abajo a sus presas.

También cuentan con el mejor olfato de todos los tiburones y un oído capaz de percibir sonidos inaudibles para el hombre; además, de un sentido electroreceptor que le permite detectar campos eléctricos y magnéticos generados por los seres vivos y el campo magnético de la Tierra.

Edgar Mauricio Hoyos Padilla, biólogo, investigador y director de la Asociación Civil Pelagios Kakunja sostiene que en realidad, el tiburón no siente ninguna atracción o gusto por los humanos, pues su alimento favorito son los lobos y elefantes marinos, con su grasa abundante y su sabor peculiar, “nada que ver con los desabridos buzos recubiertos de neopreno”.

La experiencia puede llegar a prolongarse hasta cerca de 45 minutos, tiempo máximo indicado para una inmersión, pero suficiente para ver a los tiburones pasearse y acechando a sus carnadas.

Resulta impresionante ver cómo casi todos los tiburones tienen cicatrices o heridas en su cuerpo, y es que al ser Isla Guadalupe un santuario para ellos, resulta atractivo para esta especie acudir a ella para aparearse, lo cual no resulta nada romántico, pues el macho suele morder a la hembra para someterla.

Si hay algo que no se puede olvidar tras vivir esta experiencia, es el contacto visual que el tiburón hace con el hombre, ya que lejos de percibirse como una amenaza, se descubre la belleza de un animal majestuoso, que regala el recuerdo inolvidable de haber convivido con el rey de los mares.

Por Erick Galicia Lozano